Ian McEwan pone en la mente de un enamorado de la misteriosa Sally Klee la siguiente frase:
"Y las imágenes que se nos quedaron en los ojos
fueron toda nuestra descendencia"
Y yo, como buena idiota, me enamoré de él y de ella. De Entre las sábanas.
octubre 25, 2007
octubre 05, 2007
Adjetivos
No hay plano que reconstruya nuestras mañanas de cambios de coche, alegrías, peras y escalones. Nunca volverá a aparecer en el momento preciso una mariposa mientras juegas con tu hija, ni habrá mujer que logre tus fotografías o te rete en un salón. No va a haber pasos como los nuestros por San Luis, sexo como el primero, ni frases como las tuyas. No hay cuerpo que hable así con el mío, manos que me guíen entre el desespero y las punzadas. Ojos cerrados.
Y amor, que eres esto que conozco, tendrías que ser adjetivo. Inexacto y caprichoso, mutante de blanco a negro: te entiendo hoy, solo un momento porque sé que seguirás siendo una idea nueva. Que debería existir una palabra para cada amante, que la complicidad inventa nuevos sonidos, que el amor nunca es el mismo aunque se llame igual, y que es terco reproducir historias porque existen un momento del que no se está seguro hasta que se olvidan las preguntas. Amor se llama nuestra circunstancia solitaria de deseo. Amor es todos los que conocen mis mañanas y mi frente, mis placeres y los llantos extraños en malos momentos.
Y sin embargo extraño cada voz y cada abrazo, cada amor como uno solo, como el único, como el mío.
La diferencia es sutil, tan leve y absoluta como la que hay entre hablar sobre las palabras o las cosas.
Es la trampa del adjetivo, de lo que se conoce, lo que nunca se deja. O de lo que decidimos no dejar.
Y amor, que eres esto que conozco, tendrías que ser adjetivo. Inexacto y caprichoso, mutante de blanco a negro: te entiendo hoy, solo un momento porque sé que seguirás siendo una idea nueva. Que debería existir una palabra para cada amante, que la complicidad inventa nuevos sonidos, que el amor nunca es el mismo aunque se llame igual, y que es terco reproducir historias porque existen un momento del que no se está seguro hasta que se olvidan las preguntas. Amor se llama nuestra circunstancia solitaria de deseo. Amor es todos los que conocen mis mañanas y mi frente, mis placeres y los llantos extraños en malos momentos.
Y sin embargo extraño cada voz y cada abrazo, cada amor como uno solo, como el único, como el mío.
La diferencia es sutil, tan leve y absoluta como la que hay entre hablar sobre las palabras o las cosas.
Es la trampa del adjetivo, de lo que se conoce, lo que nunca se deja. O de lo que decidimos no dejar.
septiembre 24, 2007
Puedo ver
Fabién dice, con razón: El amor es como el tocino, el cigarro o el café. Nos hacen felices aunque los sepamos dañinos. ¿Por qué no asumir el daño de entrada? ¿Por qué amar esperando que sea inocuo? Esta esperanza implicaría querer solo lo bueno, contar las nubes pasando sin que se queden. Los mundos sin lluvia no son fértiles, nomás. Aunque tengan muchas figuritas por adivinar.
¿Creer en el destino salva de ahogarse en las tormentas?
¿Se puede creer en lo "meant to be"?
¿La casualidad o la causalidad?
¿Hasta dónde creer en los milagros del amor?
Respuestas, por piedad...
¿Creer en el destino salva de ahogarse en las tormentas?
¿Se puede creer en lo "meant to be"?
¿La casualidad o la causalidad?
¿Hasta dónde creer en los milagros del amor?
Respuestas, por piedad...
septiembre 06, 2007
600 km
Superando líneas discontinuas, curvas, niebla, lluvia y calor de locos. Parecía tan difícil abrazarme. Fue tan fácil regresar a Veracruz (sin acento, aprendo). De pronto me distrae el mar que se enoja con las tormentas, por ratos logré cantar con tus manos en el volante y mi voz retando tolerancias.
Luego el sol y el fresco, de pronto mas y más metros, de ida y vuelta entre los pueblos diciendo tonterías, comiendo porquerías, asombrándome con todo. Enfrentar una cascada que nos obliga al silencio es a veces más difícil que enfrentar lo que pasa cada día en nuestros laberintos racionales. Mirar al otro y saber que para encarar esto no se puede estar acompañado, aunque lo mires haciendo un abrazo.
Así nada más viajando tan pocos kilómetros me acerco, me reconozco. Sé quien soy y dónde estoy parada. La distancia aclara dudas y las dudas matan distancias; me recuerdan cómo desempolvar ese eje, aceitarlo y ser, de nuevo anclada a lo que quiero sentir. Y parecía tan difícil.
Da lo mismo cómo se manifiesta la suerte y sin desentrañar misterios el tiempo pone y quita, da vueltas, acomoda y trae palabras. Cierto que todo cae por su propio peso, pero solo si dejamos de resistirnos. Lo demás es dejarse hacer, dejar de pensar y la congoja desaparece. Siempre hay algún lugar para volver a no ser nosotros, siempre algún afortunado que puede elegir entre la ciudad o la selva, camas, casas, arraigos. Bloques de cemento o mar.
Y vivir así nomás, sin tanto pedo, observando raíces; sabiendo que es posible. Como las Cumbres de Maltrata de bajada con lluvia y niebla, como la carretera de Puebla, como la confianza y los terremotos de bienestar que nos sacuden cuando los ganamos. No se trata de hacerlo bien, se trata de hacerlo completo, de ser franco, frágil o fuerte, uno. Y así somos, muchos. Y en nuestras y otras manos.
Qué bien se siente ser.
Luego el sol y el fresco, de pronto mas y más metros, de ida y vuelta entre los pueblos diciendo tonterías, comiendo porquerías, asombrándome con todo. Enfrentar una cascada que nos obliga al silencio es a veces más difícil que enfrentar lo que pasa cada día en nuestros laberintos racionales. Mirar al otro y saber que para encarar esto no se puede estar acompañado, aunque lo mires haciendo un abrazo.
Así nada más viajando tan pocos kilómetros me acerco, me reconozco. Sé quien soy y dónde estoy parada. La distancia aclara dudas y las dudas matan distancias; me recuerdan cómo desempolvar ese eje, aceitarlo y ser, de nuevo anclada a lo que quiero sentir. Y parecía tan difícil.
Da lo mismo cómo se manifiesta la suerte y sin desentrañar misterios el tiempo pone y quita, da vueltas, acomoda y trae palabras. Cierto que todo cae por su propio peso, pero solo si dejamos de resistirnos. Lo demás es dejarse hacer, dejar de pensar y la congoja desaparece. Siempre hay algún lugar para volver a no ser nosotros, siempre algún afortunado que puede elegir entre la ciudad o la selva, camas, casas, arraigos. Bloques de cemento o mar.
Y vivir así nomás, sin tanto pedo, observando raíces; sabiendo que es posible. Como las Cumbres de Maltrata de bajada con lluvia y niebla, como la carretera de Puebla, como la confianza y los terremotos de bienestar que nos sacuden cuando los ganamos. No se trata de hacerlo bien, se trata de hacerlo completo, de ser franco, frágil o fuerte, uno. Y así somos, muchos. Y en nuestras y otras manos.
Qué bien se siente ser.
agosto 29, 2007
Me entrego
Como la más fácil de las mujeres al juego inofensivo de cada noche, a las palabras que parecen solo nuestras con un nuestras que parece solo mío. Palabras que en lugar de levantar castillos rompen el viento y nos mecen en vez de sacudirnos. Me entrego a las frases perfectas que se redactan solas antes del sueño y que no escribo porque desaparecen como tú, todos los días, sin enunciarse.
Me entrego al desamor hasta que alguien me demuestre lo contrario. Me entrego a saber que es casi imposible y a creer lo contrario, acepto mi terquedad como la crédula mayor.
Los juegos y las palabras hacen suficiente, me dejan no hacer a sabiendas de la prisa. Es racional temerte por mis causas, no querer que entres ahora que te comería sin piedad en lugar de detenerme para que fueras alimento y no un bocado; no cerrarte los ojos sin ver mi reflejo. Pienso en Cortazar y el cíclope, capítulo seis de Rayuela, famoso con justicia.
He estado aquí, en ambos lados, perdiendo, ganando, y perdiendo para ganar. Si algo sé es que nunca hay veredicto cierto sobre corazón ajeno, si algo aprendí es que nunca se gana todo y hay que saber quedarse con lo que se desea; también a reconocer la soledad y decidir dónde ponerla y abrir o cerrar los labios ante ciertos destellos.
Me toca saber algo: el tiempo no perdona las treguas, y no lucho para no perderte. Lo poco que hay que ganar está fuera de lo imaginado y lo que nunca se plantea pocas veces es verdad. La épica se manifiesta en sentidos equivocados y yo, como la más versada en estos temas me quedo con mis preguntas. Contigo temo el desespero aunque significa perder lo poco que no hemos ganado.
Temo enunciar la sed y me conformo con imaginar que te pregunto ¿qué es el placard? Me quedo con mis risas de media tarde y las conversaciones nocturnas, con el juego de no estar estando, con el juego de jugar más que nunca intentando no jugar. Me quedo con la apuesta del hastío, solo para que exista la posibilidad de rejuvenecer en otras palabras y con otras fuerzas. El tiempo no respeta potenciales, el tiempo no nos quita nada, ofrece otras cosas.
Desde el fondo del placard del cuarto de invitados prendo una luz que está hecha para apagarse, no quiero retar más al amor porque las cosas pasan solas. Quiero dejarlo libre, negarlo y que alguien venga a darme el beso que despierte a la princesa desterrada, alguien que no vas a ser tú porque tus frases son de hoy y el impulso está pasando mientras lo miramos.
No quiero pedir porque sé de lo invisible. No quiero soñar porque sé de la vigilia. Me toca saber que esto es nada, y me quedo con creerlo todo, hacerlo y seguir meciéndome en castillos sin sueños. Hoy no me quedo callada y no espero porque creo en el desamor y he visto el miedo. No quiero reconocerlo porque es traicionero, ni dar lecciones porque ya gané el título que nadie desea y siempre cuesta demasiado. Por decir y pensar como pienso. Amor, coraje, vengan a callarme la boca. Esa es labor de otros, sabor de unos labios despiertos, tal vez apresurados, pero no empeñados en garantizar la muerte.
Me quedo con los juegos de media mañana, con las risas y lo joven de tus manos, con los ojos francos de tanto mirar el mismo cielo, me quedo con lo que es para que desaparezca después de un par de palabras francas debajo de las mismas cortinas. No pierdo mucho porque no tengo el coraje para soñar hoy, porque diluirse entre palabras funciona, lejos de telones que nos inventamos. No haciendo caso a los deseos y racionalizando lo irracional decido no soñar porque nunca he despertado después de un largo abrazo y temo quedarme dormida para siempre. Soy una defensora de los defensores del amor, y somos mal equipo porque respetamos premisas falsas. Y me voy sin querer irme ¿shall we?
Me entrego al desamor hasta que alguien me demuestre lo contrario. Me entrego a saber que es casi imposible y a creer lo contrario, acepto mi terquedad como la crédula mayor.
Los juegos y las palabras hacen suficiente, me dejan no hacer a sabiendas de la prisa. Es racional temerte por mis causas, no querer que entres ahora que te comería sin piedad en lugar de detenerme para que fueras alimento y no un bocado; no cerrarte los ojos sin ver mi reflejo. Pienso en Cortazar y el cíclope, capítulo seis de Rayuela, famoso con justicia.
He estado aquí, en ambos lados, perdiendo, ganando, y perdiendo para ganar. Si algo sé es que nunca hay veredicto cierto sobre corazón ajeno, si algo aprendí es que nunca se gana todo y hay que saber quedarse con lo que se desea; también a reconocer la soledad y decidir dónde ponerla y abrir o cerrar los labios ante ciertos destellos.
Me toca saber algo: el tiempo no perdona las treguas, y no lucho para no perderte. Lo poco que hay que ganar está fuera de lo imaginado y lo que nunca se plantea pocas veces es verdad. La épica se manifiesta en sentidos equivocados y yo, como la más versada en estos temas me quedo con mis preguntas. Contigo temo el desespero aunque significa perder lo poco que no hemos ganado.
Temo enunciar la sed y me conformo con imaginar que te pregunto ¿qué es el placard? Me quedo con mis risas de media tarde y las conversaciones nocturnas, con el juego de no estar estando, con el juego de jugar más que nunca intentando no jugar. Me quedo con la apuesta del hastío, solo para que exista la posibilidad de rejuvenecer en otras palabras y con otras fuerzas. El tiempo no respeta potenciales, el tiempo no nos quita nada, ofrece otras cosas.
Desde el fondo del placard del cuarto de invitados prendo una luz que está hecha para apagarse, no quiero retar más al amor porque las cosas pasan solas. Quiero dejarlo libre, negarlo y que alguien venga a darme el beso que despierte a la princesa desterrada, alguien que no vas a ser tú porque tus frases son de hoy y el impulso está pasando mientras lo miramos.
No quiero pedir porque sé de lo invisible. No quiero soñar porque sé de la vigilia. Me toca saber que esto es nada, y me quedo con creerlo todo, hacerlo y seguir meciéndome en castillos sin sueños. Hoy no me quedo callada y no espero porque creo en el desamor y he visto el miedo. No quiero reconocerlo porque es traicionero, ni dar lecciones porque ya gané el título que nadie desea y siempre cuesta demasiado. Por decir y pensar como pienso. Amor, coraje, vengan a callarme la boca. Esa es labor de otros, sabor de unos labios despiertos, tal vez apresurados, pero no empeñados en garantizar la muerte.
Me quedo con los juegos de media mañana, con las risas y lo joven de tus manos, con los ojos francos de tanto mirar el mismo cielo, me quedo con lo que es para que desaparezca después de un par de palabras francas debajo de las mismas cortinas. No pierdo mucho porque no tengo el coraje para soñar hoy, porque diluirse entre palabras funciona, lejos de telones que nos inventamos. No haciendo caso a los deseos y racionalizando lo irracional decido no soñar porque nunca he despertado después de un largo abrazo y temo quedarme dormida para siempre. Soy una defensora de los defensores del amor, y somos mal equipo porque respetamos premisas falsas. Y me voy sin querer irme ¿shall we?
agosto 21, 2007
Independencias
Sí, trillado o lo que sea, esta es una proclama del esfuerzo por ser feliz. Ya me cansé del ácido involuntario.
Me quedo con la vida del amor, con las personas que buscan a toda costa sentirse como quieren, me quedo con quien se deja sorprender por los retos constantes, con los abrazos de extraños que abrazando se vuelven nuestros (sí, eso).
Me quedo con pasar barreras, y saber discernir cuándo algo es importante y cuándo solo es más fácil, con respetar esa línea; quiero vivir los rumbos que no son rumbos, me quedo con la falta de conclusiones que emocionan y alimentan.
Me asusta asustarme (oh, sí), pero prefiero seguir asustada que regresar a las fórmulas que conozco. Me niego a asombrarme siempre con las mismas maravillas, que sé disfrutar y controlar, sin saber qué tienen debajo del vestido.
Es una proclama contra la vida mediocre y seductora de los tópicos dominados, en la que se sufre siempre lo mismo y se disfruta todo con los mismos límites. Me quedo con el amor que sorprende, que reta y que se supera, no con el que conozco, con el que quiero descubrir, me quedo con el amor que sigue después de los ojos, con el que se llenan los interludios, con el que alcanza para no amarse, me quedo con el amor que me tengo y que reparto de maneras extrañas, jugando, hablando casi.
Lo veo, tal vez escondido o aletargado, tal vez el algún abrazo ciego, no en el pasado que no soy. Soy lo que siento y me siento rara, a dos segundos de extrañas puertas que emocionan, sin pensar en lo que me niego cuando tomo una perilla. Brillante, así debe ser.
Y hay que tener el corazón suficiente para dejarse brillar. Quiero luz, el vientito en la cara y la fuerza para decidir lo que sea, lo que no esté en contra de mí. No quiero mapas, no creo en ellos. Pero decido creer. Sí juego. Sí apuesto. Sí quiero. Y creo porque tengo la libertad de hacerlo y me da la gana. Hay que dar la batalla, y si yo significa tú o nosotros, juego. Hay que pelearla ¿no?
Al final del cuento nadie es responsable por mi felicidad. Ser infeliz es muy fácil, todo el mundo es infeliz, y a mí, como me gusta complicarme la vida, me ajusta la otra opción. Si no en las mías ¿en manos de quién está?
Me quedo con la vida del amor, con las personas que buscan a toda costa sentirse como quieren, me quedo con quien se deja sorprender por los retos constantes, con los abrazos de extraños que abrazando se vuelven nuestros (sí, eso).
Me quedo con pasar barreras, y saber discernir cuándo algo es importante y cuándo solo es más fácil, con respetar esa línea; quiero vivir los rumbos que no son rumbos, me quedo con la falta de conclusiones que emocionan y alimentan.
Me asusta asustarme (oh, sí), pero prefiero seguir asustada que regresar a las fórmulas que conozco. Me niego a asombrarme siempre con las mismas maravillas, que sé disfrutar y controlar, sin saber qué tienen debajo del vestido.
Es una proclama contra la vida mediocre y seductora de los tópicos dominados, en la que se sufre siempre lo mismo y se disfruta todo con los mismos límites. Me quedo con el amor que sorprende, que reta y que se supera, no con el que conozco, con el que quiero descubrir, me quedo con el amor que sigue después de los ojos, con el que se llenan los interludios, con el que alcanza para no amarse, me quedo con el amor que me tengo y que reparto de maneras extrañas, jugando, hablando casi.
Lo veo, tal vez escondido o aletargado, tal vez el algún abrazo ciego, no en el pasado que no soy. Soy lo que siento y me siento rara, a dos segundos de extrañas puertas que emocionan, sin pensar en lo que me niego cuando tomo una perilla. Brillante, así debe ser.
Y hay que tener el corazón suficiente para dejarse brillar. Quiero luz, el vientito en la cara y la fuerza para decidir lo que sea, lo que no esté en contra de mí. No quiero mapas, no creo en ellos. Pero decido creer. Sí juego. Sí apuesto. Sí quiero. Y creo porque tengo la libertad de hacerlo y me da la gana. Hay que dar la batalla, y si yo significa tú o nosotros, juego. Hay que pelearla ¿no?
Al final del cuento nadie es responsable por mi felicidad. Ser infeliz es muy fácil, todo el mundo es infeliz, y a mí, como me gusta complicarme la vida, me ajusta la otra opción. Si no en las mías ¿en manos de quién está?
agosto 14, 2007
En términos vulgares
Lo que hace falta ahora es un tiro, un tiro de barrio, una pelea extraña por recuperar no sé qué cantidad de cosas que se fueron haciendo borrosas en el camino; lo menos importante es reconocer qué nos trajo hasta acá si siempre se dio la mejor batalla posible y una vez que las circunstancias no permiten más que un esfuerzo sanador, aunque esté jodido en términos generales, no pasa nada.
Y la tranquilidad va invadiendo de a poco los lugares por los que se planta la premisa "ya basta" o "a lo que sigue" y se decide, después de retortijones horrendos, continuar. En cierto punto, a veces demasiado tardío, hay que levantarse, sacudirse, terminar de hacer berrinche y cambiarse de ropa, y si el juguete se rompió pues ya ni cómo hacerle. Ya ni vale la pena recontar el daño porque en ciertas alturas todo parece un mal chiste y cualquier iniciativa que parta de acá ya es vocación de sufrimiento.
¿Para qué romperse la cabeza recordando si intentamos negociar o si fuimos perversos, para qué intentar desentrañar el misterio?
Los procesos valen la pena solo si pueden traer algo positivo, pero hay algunos especialmente putrefactos que de plano no pueden traer mucho que no sea lo mismo. ¿Qué hacer contra la bomba atómica? nada que no parta de un idealismo personal con rango de acción menos cuatro, la cosa es no vivir en Japón y saber por quién votar y ni cómo hacerle contra el cabrón del botón, porque no se puede cargar con la ignorancia, el miedo y las fallas de generaciones enteras.
Carajo, hasta la perla más linda deja de brillar debajo de tanta mierda, y ahí del valiente que meta la mano, porque además de todo, muerde. Pero canta, como las sirenas, que por favor la saques de ahí. Así que de plano hay que recoger el kit de la limpieza, quitarse los guantes, sacarse el delantal y tirar el contenedor completo a la basura (si, como tupper de tres semanas en el refri). Y ni pedo con el antojo. En cierto momento hasta lo más rico deja de ser comestible y huele francamente mal.
The higher you fly, the deepest you fall
Mal pedo de tanto atragante. Ok, recuerdo. Ninguna historia termina, ni empieza, como uno se imagina.
Hay algunas que parecen comedia de Meg Ryan y luego se ponen de thriller para acabar siendo como la pesadilla en la calle del infierno 4, sin argumento, sin terror disfrutable, sin lógica alguna y con demasiada ropa interior innecesaria. Y cuando baja la marea da tanto miedo enfrentar la propia existencia en un escenario tan jodido, y da tanta risa cuando todo lo demás no funciona que lo único que puede hacerse para mantener el propio respeto es aventar las palomitas y salir del cine jurando no volver a creer una crítica.
¡Yo que me quejaba de las funciones en las que se iba la luz! y antes de eso de las que tenían mal el audio. O sea que, como nota al pie, siempre se puede poner peor, y cuando crees que ya no puede existir nada, siempre hay un escalón más abajo, franqueando la puerta de la terapia urgente y rayando de plano en la infamia no complaciente pa' nadie. Sí, las cosas así de absurdas existen y se ponen peores, y llueve y se va la luz, hasta las palomitas hacen toser y cuando te vas a media película, pisando cucarachas mientras se te pegan los pies al piso, encima te regalan boletos para la próxima función y gomitas rancias. Chale. Pues si la onda era cambiar de cine, ir al teatro, rentar una peli, sacarse los ojos, hacer macramé o lo que fuera con tal de no estar ahí.
Hasta el más esperanzado sabía el final de Van Helsing después de 5 minutos de película... así que, terminando de hacer analogías entre mi vida y el cine o el refrigerador, nomás me queda tirar el juguete a la basura, comprar tuppers nuevos y ponerme a pensar en si tengo hambre y en qué se me antoja. Y si empieza a oler mal, ya ni lavarlo es bueno.
Hilaridad, ven a mí. Porque de lo otro ya estuvo. Ahora un ratito de autocrítica light y, en cuanto pueda reírme un poco de mí subirle los decibeles, no volver a dejar pasar una hora de mala película solo porque de verdad no quiero vivir en un mundo con tan mal cine.
Salir, abrir la ventana y la puerta y retomar este filtro que no era tan innecesario. A veces hay que saber cuidarse de los otros como ellos se cuidan de sí mismos, porque entender los motivos no sirve de mucho. Y ahora creo más en otras cosas, a través de la incredulidad reafirmo ciertas capacidades que serán un misterio para quien no las pueda descifrar. Y así está bien.
Cambio 3 le llaman. Y la próxima vez que alguien me diga que no cree en sí, le voy a hacer caso y tampoco creeré, no puedo convencer a alguien de cosas que me imagino. Porque la opción uno es que tenga razón, la opción dos es que necesita ser salvado y lo pida con voz baja. Ninguna vale la pena. Mejor me salvo yo ¿o no?
Es como jugar a los encantados, es como saber la receta del guacamole viviendo en la Patagonia. Y sí, cuando las cosas no tienen lógica y duelen, aunque les encuentres la lógica siguen doliendo. Y si no se la encuentras encima de que duelen te quedas con la duda, y si renuncias y cierras la tapa y la chingada perla sigue cantando, pues habrá que hacer algo distinto a intentar escucharla. A la basura ¿pues qué?
Y ya
y encantada.
Y la tranquilidad va invadiendo de a poco los lugares por los que se planta la premisa "ya basta" o "a lo que sigue" y se decide, después de retortijones horrendos, continuar. En cierto punto, a veces demasiado tardío, hay que levantarse, sacudirse, terminar de hacer berrinche y cambiarse de ropa, y si el juguete se rompió pues ya ni cómo hacerle. Ya ni vale la pena recontar el daño porque en ciertas alturas todo parece un mal chiste y cualquier iniciativa que parta de acá ya es vocación de sufrimiento.
¿Para qué romperse la cabeza recordando si intentamos negociar o si fuimos perversos, para qué intentar desentrañar el misterio?
Los procesos valen la pena solo si pueden traer algo positivo, pero hay algunos especialmente putrefactos que de plano no pueden traer mucho que no sea lo mismo. ¿Qué hacer contra la bomba atómica? nada que no parta de un idealismo personal con rango de acción menos cuatro, la cosa es no vivir en Japón y saber por quién votar y ni cómo hacerle contra el cabrón del botón, porque no se puede cargar con la ignorancia, el miedo y las fallas de generaciones enteras.
Carajo, hasta la perla más linda deja de brillar debajo de tanta mierda, y ahí del valiente que meta la mano, porque además de todo, muerde. Pero canta, como las sirenas, que por favor la saques de ahí. Así que de plano hay que recoger el kit de la limpieza, quitarse los guantes, sacarse el delantal y tirar el contenedor completo a la basura (si, como tupper de tres semanas en el refri). Y ni pedo con el antojo. En cierto momento hasta lo más rico deja de ser comestible y huele francamente mal.
The higher you fly, the deepest you fall
Mal pedo de tanto atragante. Ok, recuerdo. Ninguna historia termina, ni empieza, como uno se imagina.
Hay algunas que parecen comedia de Meg Ryan y luego se ponen de thriller para acabar siendo como la pesadilla en la calle del infierno 4, sin argumento, sin terror disfrutable, sin lógica alguna y con demasiada ropa interior innecesaria. Y cuando baja la marea da tanto miedo enfrentar la propia existencia en un escenario tan jodido, y da tanta risa cuando todo lo demás no funciona que lo único que puede hacerse para mantener el propio respeto es aventar las palomitas y salir del cine jurando no volver a creer una crítica.
¡Yo que me quejaba de las funciones en las que se iba la luz! y antes de eso de las que tenían mal el audio. O sea que, como nota al pie, siempre se puede poner peor, y cuando crees que ya no puede existir nada, siempre hay un escalón más abajo, franqueando la puerta de la terapia urgente y rayando de plano en la infamia no complaciente pa' nadie. Sí, las cosas así de absurdas existen y se ponen peores, y llueve y se va la luz, hasta las palomitas hacen toser y cuando te vas a media película, pisando cucarachas mientras se te pegan los pies al piso, encima te regalan boletos para la próxima función y gomitas rancias. Chale. Pues si la onda era cambiar de cine, ir al teatro, rentar una peli, sacarse los ojos, hacer macramé o lo que fuera con tal de no estar ahí.
Hasta el más esperanzado sabía el final de Van Helsing después de 5 minutos de película... así que, terminando de hacer analogías entre mi vida y el cine o el refrigerador, nomás me queda tirar el juguete a la basura, comprar tuppers nuevos y ponerme a pensar en si tengo hambre y en qué se me antoja. Y si empieza a oler mal, ya ni lavarlo es bueno.
Hilaridad, ven a mí. Porque de lo otro ya estuvo. Ahora un ratito de autocrítica light y, en cuanto pueda reírme un poco de mí subirle los decibeles, no volver a dejar pasar una hora de mala película solo porque de verdad no quiero vivir en un mundo con tan mal cine.
Salir, abrir la ventana y la puerta y retomar este filtro que no era tan innecesario. A veces hay que saber cuidarse de los otros como ellos se cuidan de sí mismos, porque entender los motivos no sirve de mucho. Y ahora creo más en otras cosas, a través de la incredulidad reafirmo ciertas capacidades que serán un misterio para quien no las pueda descifrar. Y así está bien.
Cambio 3 le llaman. Y la próxima vez que alguien me diga que no cree en sí, le voy a hacer caso y tampoco creeré, no puedo convencer a alguien de cosas que me imagino. Porque la opción uno es que tenga razón, la opción dos es que necesita ser salvado y lo pida con voz baja. Ninguna vale la pena. Mejor me salvo yo ¿o no?
Es como jugar a los encantados, es como saber la receta del guacamole viviendo en la Patagonia. Y sí, cuando las cosas no tienen lógica y duelen, aunque les encuentres la lógica siguen doliendo. Y si no se la encuentras encima de que duelen te quedas con la duda, y si renuncias y cierras la tapa y la chingada perla sigue cantando, pues habrá que hacer algo distinto a intentar escucharla. A la basura ¿pues qué?
Y ya
y encantada.
julio 31, 2007
¿?
¿Por qué no morirse un ratito? lo que dura un silencio, en lo que todo lo demás se acomoda o se olvida.
Es como hacer una pausa sentada en el solecito.
Muerta pues. A ver cuándo revivo.
Es como hacer una pausa sentada en el solecito.
Muerta pues. A ver cuándo revivo.
julio 16, 2007
Chesterton decía:
“Los cuentos de hadas son más que ciertos
no porque nos dicen que los dragones existen,
sino porque dicen que los dragones pueden ser vencidos”
no porque nos dicen que los dragones existen,
sino porque dicen que los dragones pueden ser vencidos”
julio 01, 2007
La razón, la emoción y los abismos
Es una triada extraña, asesina y venturosa. Una gelatina de elementos, castigos, recompensas y cosas que sólo pasan en este mundo y que sólo nos pasan a nosotros (nosotros todos, en nuestras burbujas).
Es de esos días en los que quiero escribir cosas que nos hagan sentir bien, explotar, dejar la prudencia de lado y despachar abrazos y besos.
Porque, a pesar de que la razón y la emoción me sitúan en el típico abismo, tengo ganas de sacar el amor que traigo. Un amor que según la razón es vil y estúpido, un amor de traiciones que se dejó ganar por el miedo, uno de esos amores que no merecen nada por estar soñados desde el temor, un amor incompleto, de cobardes.
Un amor que, a pesar de todo, es fuerte y no tiene ganas de morir, que en lo emocional existe.
Me pregunto si mi amor no es igual de pobre, me pregunto si la parte increíble del amor que prometo no tendría que seguir luchando hasta acabar con el dragón que otro trae adentro, pero sé que no sirve; hay imposibles que me gusta olvidar. Este no es uno de ellos.
De pronto creo que, cuando se quiere, vale la pena cualquier cosa con tal de defender lo que se siente, incluso de nosotros mismos. Y si hay equivocaciones, por grandes que sean, intentar recuperar las cosas que queremos de verdad; creo que hace falta estar enteros, quitarnos el polvo que nos hemos pegado en la ropa y seguir andando, porque las cosas no se resuelven huyendo, ni sólo aceptando la propia estupidez.
Casi nunca hay remedio cuando se enlodan las cosas sagradas, pero siempre existe una manera de intentarlo, y el intento sana. El intento o la voluntad son de las mejores curas que conozco contra las heridas o el vacío. Tanto en el amor como en la vida hay que tirar alto, después de las consecuencias. Hay que comprometerse a agarrar un poco de luz y estar bien, para empezar, con nosotros.
Tengo ganas de preguntar muchas cosas ¿no sabías que hubiera estado ahí? ¿no sabías que el miedo se resuelve mejor en conjunto? ¿no sabías que puedes hacerlo mejor? ¿no sabes que alguien cree en eso? ¿que alguien cree en tí? ¿no sabes que dentro de cualquier herida hay amor?
Lo que duele, justo, es que el amor se salga por la herida y nadie, ni el de la espada, le ponga un remedio. Ahí es cuando uno se cura solo, aquí se llega cuando no se tiene miedo. Pues bien, le temo más a ser la hiriente que la herida. Prefiero ser vulnerable al dolor que joder a los demás. Suficiente daño hago sin darme cuenta como para darme el lujo de hacerlo a sabiendas. Y si me equivoco, intento. Y si me lastimo, me sano.
Es un día de repartición de razones y elementos, un día de ruegos, amor y desamor. Un día en que las cosas no parecen tan resueltas, desde el abismo para arriba.
Pero la estadía en el abismo debe ser útil. Y si se perdió la guerra, hay que recuperar algo. Arregla lo que está en tus manos, logra que lo valioso no se pudra.
El último intento es igual de útil pero es el más valioso, significa lo mismo que el primero, la voluntad de continuar, ahora o después, con este u otro corazón.
Podemos equivocarnos, pero aceptarlo no sirve si no se hace algo al respecto, ahora o después. Lo que es imposible es situarse en el vértice en el que siempre sale mal, en el que cedemos ante cualquier problema.
Yo le ruego al amor que haga algo por los amantes incompletos, que abran los ojos, cierren la boca y demuestren haciendo y sintiendo. Sólo hay que caminar hacia donde se quiere llegar, porque caer y regresar al inicio es más difícil porque sabemos lo que perdimos.
La historia que aprendimos no es la más sencilla, nunca. Y sólo el mediocre se queda con ella. Y no quiero que me demuestre nada nadie. Quiero demostrarme yo que aún tarde y aún en otros ojos, el yo que vale la pena de los demás es capaz de manifestarse y mantenerse. Quiero creer y convencerme de que el amor es posible, aunque no lo sea hoy para mí.
Ya lo dijo el José González
Y si no se deja el alma, y si no se quiere, si no se ama la única condición es decir la verdad. Decir no te amo es un gesto más amoroso que la mentira o los enredos. Quedarse con lo que que no sirve, con el segundo puesto de la lista es igual que no hacer nada, es conformarse, es perder antes de hacer la apuesta. Hay que apostarle al sí, a la existencia de lo posible como milagro cotidiano, al caber en otros ojos sin condiciones. Hay que saber empezar, y continuar y retomar, hay que saber empezar de nuevo. Lo difícil es hacerlo bien.
Drenemos, dejemos de ser un peso muerto. Hay que hacer en lugar de prometer, vivir en vez de soñar. No sirve desear las cosas que no queremos conseguir, y si lo logramos hay que defenderlo; me defiendo con adivinanzas, con laberintos y sugerencias. Me defiendo de mi orgullo, de mi incapacidad de pedir de nuevo. Me defiendo pidiendo imposibles, parada en mi puta roca en medio de la nada, pidiendo para asegurarme de que no hay eco, llamando a alguien que no está en mi proclama solitaria de la épica, en mi trono del laberinto que no se derrumba, me defiendo de lo posible con imposibles.
Funciona cuando quieres seguir esperando que el amor exista en las mismas u otras manos. Es mi única solución por el momento. No sé lo que el eco me haría. No sé.
Es de esos días en los que quiero escribir cosas que nos hagan sentir bien, explotar, dejar la prudencia de lado y despachar abrazos y besos.
Porque, a pesar de que la razón y la emoción me sitúan en el típico abismo, tengo ganas de sacar el amor que traigo. Un amor que según la razón es vil y estúpido, un amor de traiciones que se dejó ganar por el miedo, uno de esos amores que no merecen nada por estar soñados desde el temor, un amor incompleto, de cobardes.
Un amor que, a pesar de todo, es fuerte y no tiene ganas de morir, que en lo emocional existe.
Me pregunto si mi amor no es igual de pobre, me pregunto si la parte increíble del amor que prometo no tendría que seguir luchando hasta acabar con el dragón que otro trae adentro, pero sé que no sirve; hay imposibles que me gusta olvidar. Este no es uno de ellos.
De pronto creo que, cuando se quiere, vale la pena cualquier cosa con tal de defender lo que se siente, incluso de nosotros mismos. Y si hay equivocaciones, por grandes que sean, intentar recuperar las cosas que queremos de verdad; creo que hace falta estar enteros, quitarnos el polvo que nos hemos pegado en la ropa y seguir andando, porque las cosas no se resuelven huyendo, ni sólo aceptando la propia estupidez.
Casi nunca hay remedio cuando se enlodan las cosas sagradas, pero siempre existe una manera de intentarlo, y el intento sana. El intento o la voluntad son de las mejores curas que conozco contra las heridas o el vacío. Tanto en el amor como en la vida hay que tirar alto, después de las consecuencias. Hay que comprometerse a agarrar un poco de luz y estar bien, para empezar, con nosotros.
Tengo ganas de preguntar muchas cosas ¿no sabías que hubiera estado ahí? ¿no sabías que el miedo se resuelve mejor en conjunto? ¿no sabías que puedes hacerlo mejor? ¿no sabes que alguien cree en eso? ¿que alguien cree en tí? ¿no sabes que dentro de cualquier herida hay amor?
Lo que duele, justo, es que el amor se salga por la herida y nadie, ni el de la espada, le ponga un remedio. Ahí es cuando uno se cura solo, aquí se llega cuando no se tiene miedo. Pues bien, le temo más a ser la hiriente que la herida. Prefiero ser vulnerable al dolor que joder a los demás. Suficiente daño hago sin darme cuenta como para darme el lujo de hacerlo a sabiendas. Y si me equivoco, intento. Y si me lastimo, me sano.
Es un día de repartición de razones y elementos, un día de ruegos, amor y desamor. Un día en que las cosas no parecen tan resueltas, desde el abismo para arriba.
Pero la estadía en el abismo debe ser útil. Y si se perdió la guerra, hay que recuperar algo. Arregla lo que está en tus manos, logra que lo valioso no se pudra.
El último intento es igual de útil pero es el más valioso, significa lo mismo que el primero, la voluntad de continuar, ahora o después, con este u otro corazón.
Podemos equivocarnos, pero aceptarlo no sirve si no se hace algo al respecto, ahora o después. Lo que es imposible es situarse en el vértice en el que siempre sale mal, en el que cedemos ante cualquier problema.
Yo le ruego al amor que haga algo por los amantes incompletos, que abran los ojos, cierren la boca y demuestren haciendo y sintiendo. Sólo hay que caminar hacia donde se quiere llegar, porque caer y regresar al inicio es más difícil porque sabemos lo que perdimos.
La historia que aprendimos no es la más sencilla, nunca. Y sólo el mediocre se queda con ella. Y no quiero que me demuestre nada nadie. Quiero demostrarme yo que aún tarde y aún en otros ojos, el yo que vale la pena de los demás es capaz de manifestarse y mantenerse. Quiero creer y convencerme de que el amor es posible, aunque no lo sea hoy para mí.
Ya lo dijo el José González
CrossesPorque en la calle sigue lloviendo o saliendo el sol y los días no dan tregua. Porque hay que aprender bien las cosas importantes y hacer hasta lo imposible. Si no se puede, convencerse de que era imposible. Chale, hay que dejar el alma.
Don't you know that I'll be around to guide you
Through your weakest moments to leave them behind you
Returning nightmares only shadows
We'll cast some light and you'll be alright for now
Crosses all over, heavy on your shoulders
The sirens inside you waiting to step forward
Disturbing silence darkens your sight
We'll cast some light and you'll be alright for now
Crosses all over the boulevard
The streets outside your window overflooded
People staring they know you've been broken
Repeatedly reminded by the looks on their faces
Ignore them tonight and you'll be alright
We'll cast some light and you'll be alright
Y si no se deja el alma, y si no se quiere, si no se ama la única condición es decir la verdad. Decir no te amo es un gesto más amoroso que la mentira o los enredos. Quedarse con lo que que no sirve, con el segundo puesto de la lista es igual que no hacer nada, es conformarse, es perder antes de hacer la apuesta. Hay que apostarle al sí, a la existencia de lo posible como milagro cotidiano, al caber en otros ojos sin condiciones. Hay que saber empezar, y continuar y retomar, hay que saber empezar de nuevo. Lo difícil es hacerlo bien.
Drenemos, dejemos de ser un peso muerto. Hay que hacer en lugar de prometer, vivir en vez de soñar. No sirve desear las cosas que no queremos conseguir, y si lo logramos hay que defenderlo; me defiendo con adivinanzas, con laberintos y sugerencias. Me defiendo de mi orgullo, de mi incapacidad de pedir de nuevo. Me defiendo pidiendo imposibles, parada en mi puta roca en medio de la nada, pidiendo para asegurarme de que no hay eco, llamando a alguien que no está en mi proclama solitaria de la épica, en mi trono del laberinto que no se derrumba, me defiendo de lo posible con imposibles.
Funciona cuando quieres seguir esperando que el amor exista en las mismas u otras manos. Es mi única solución por el momento. No sé lo que el eco me haría. No sé.
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