junio 25, 2007

A veces,

cuando uno no tiene mucho que pensar, ni que decir, ni pa' donde hacerse, lo mejor es esto: posición fetal, paciencia e ir deshaciendo los nuditos uno por uno, lentito y callado.

Porque cuando las cosas están así no vale tener 400 razones, ni preguntarse ¿por qué a mí?

Igual no se quitan ni se resuelven ¿o sí?

mayo 05, 2007

De la infancia

tengo pocos recuerdos concretos. Estoy al tanto de muchas cosas que me han ido contado a través de los años los que me vieron con vestiditos y coronas de princesa. Recuerdo cómo me pasaba el tiempo, los juguetes, algún camisón y a los compañeros de clases. Tengo en la memoria, en lugar de un siete de abril, cómo se sentían las batas de cuadritos almidonados que las monjas nos obligaban a usar, o la texturita del moño rojo que nos ridiculizaba el cuello con el uniforme de verano. Recuerdo mejor la sensación de libertad al jugar con los mapas en la Montessori que el primer día de clases, y cómo me caía mi amigo Fernando en lugar de cómo se peinaba.

Hace unos días me tocó regresar a un ratito de la infancia sin querer, mientras hacía cualquier otra cosa. Reconocí de golpe lo que me pasaba con la cercanía de mi padre. Nada era atemorizante, no había ni un centímetro del mundo que puediera hacerme daño, porque él estaba conmigo y eso era suficiente. Y así, en un momento, me dio por recordar involuntariamente todo lo que en la vida me ha hecho ir perdiendo esa confianza incondicional.

Después del primer golpe las cosas cambian y el último paso que damos antes de enfrentar lo que sea es un poco más corto, un poquito menos franco, hasta que entendemos que lo mejor es ir caminando cautos, atentos de lo que, por desconocimiento, no es confiable. Desde esta perspectiva la vida es muy jodida, y hace lo posible por irnos demostrando que la seguridad es una mentira y, nosotros, torpes, vamos entendiendo que el remedio para eso es levantar murallas, caminar más lento, abrir bien los ojos y permanecer defensivos, con las manos listas para empujar lo que venga.

No me gusta. Declaro mi inconformidad. Intento confiar porque quiero reconocer en mi vida de ahora esta tranquilidad de la niña flacucha que, a fin de cuentas, no podía defenderse de nada. Quiero, pa pronto, un segundito de esa sensación en mi vida de hoy para agarrarme de ella y extenderla hasta mañana y, si se puede, hasta el día en que me muera (sé que suena a Chavela Vargas, lo siento, amanecí ranchera).

¿Cómo hacer para enfrentar las cosas nuevas y las que vamos aprendiendo con la emoción de un chamaco, en vez de estarnos mordiendo las uñas con miedo de que todo salga mal? ¿cómo incorporar cosas a la vida? ¿cómo olvidarse del deber ser?

¿a alguien le sale?

marzo 20, 2007

En un abandono de la vida que pasa/

con un pequeño paso, casi insignificante, todo cambia. En un abandono del presente, las cosas se reconfiguran y son muy distintas. A veces este vértigo me pone temerosa.

Vértigo de ir dejando de a poco las viejas costumbres, de estar incómodamente lejos de ciertos oasis de la vida, de extrañar el abrazo de una amiga cuando el tiempo nos pone pausas y torbellinos en el medio. Es raro estrenar alas, antenas y radares a la vez. Extraño escribir aquí, con toda la calma, sentada en una tarde que no es la misma en una casa que ya no es mi casa. Extraño algunas sensaciones, algunas soledades y ningún beso. Extraño reconocer el tiempo que vivo, aunque disfruto el paseo por otras realidades.

De pronto la vida se llena de extrañas circunstancias y se convierte en una comedia de absurdo, en algo divertido para conocer y para quedarse, pero la melancolía de lo que va pasando y que intento inventar de vuelta se vuelve rara, late de una manera extraña y no termina de alojarse en la vida nueva, tampoco sale del corazón.

Extraño las noches silenciosas y los bichos en la cama, las estrellitas que no brillan más en niguna parte, pero gano los caminos en un coche que no manejo yo, que me hacen descuibrir nuevos cariños y otras tardes. Extraño los latidos y la risa casual de ella sentada en mi sillón, sin mayor obligación que ver la tele y hablar de hombres, pero gano las ganas inmensas de verla y la posibilidad de reconstruirnos. Extraño a mi gata y a mi jardín, extraño los caminos de vuelta, sola, cantando.

La vida es extraña, maleable como nunca, me reta y me dice las cosas que debo no perder a partir de una reinvención que es necesaria como nunca. Gano una boca, un beso y una certeza, o dos, o algunas más sobre mí que voy conociento y sobre los otros que aparecen como otra clase de estrellitas en otro tipo de cielo.

Chale.

febrero 20, 2007

La cuerda que se tensa

Ya está rota, a penas soportó un par de tirones y de partió en dos pedazos. Como las mujeres enamoradas o los tristes con alcohol. Hay momentitos que cambian todo, nuevas películas, otros paisajes. Roto y hecho. Así está. Vamos a ver qué nace de esto.

enero 18, 2007

Los ojos y los secretos

Te miro sin ojos de cómplice, te miro repitiendo en mi cabeza todo lo que no debería pensar mientras te miro. Te miro pensando que mirar es mejor cuando la cabeza está vacía de frases y así, yéndome, dejo de pensar porque te estoy mirando.

La magia es simple y te doy un secreto a cambio de nada, o a cambio de que lo grite tu cabeza, para olvidarlo, la próxima vez que quieras mirarme. Quieta o como siempre sin descanso, callada o a la mitad de un monólogo absurdo que tiene que ver con guardarte de mis historias, tan confusas y tan calladas ahora que te pienso.

Ridícula y todo bien. Ridícula ¿y qué? a veces vivir se trata de gritar secretos con pausas y temblando.

diciembre 25, 2006

De cómo aprendo a besar mi boca/

/a través de otra boca.

Las conversaciones de estos días irremediablemente me acercan a un vértice: el cuánto se hace por los demás y bajo qué premisas. Qué tanto hacemos por nosotros y en dónde está esa línea imaginaria que divide lo justo de lo excesivo o lo propio de lo extraño. ¿Por qué se diluye el yo en nosotros o en tí -él, ella, el otro-? ¿Cómo reconocer esa frontera que, traspasada, hace que las cosas dejen de estar bien?


Como cualquier amante, he dado demasiado. Como cualquier persona, he recibido más de lo que creo merecer. Como muchos he sido ciega ante el amor de los otros, grosera, incapaz de manejar cristales frágiles y brillantes que me han puesto en las manos. Estas dagas delgadas que tienen nuestro nombre y que sirven para que, con la propia mano sean clavadas en el corazón, para sentirlas a cada aliento, porque queremos sentirlas.

Y no puedo evitar hacer la pregunta del millón, la que posee todas las respuestas sin que alguna sea correcta ¿cómo se hace? ¿cómo reconocer lo que sigue?

¿Cómo abandonarse de vuelta ante la resonancia y solo escuchar, sentir el cuerpo que vibra, cerrados los ojos, sin cantar también todas las desventuras? ¿Cómo enfrentar a todos esos amores abandonados y las ruinas de nuestros futuros sonriendo?

No sé. No conozco esa frontera. Solo una vez empeñé mi bienestar perdiendo y, al final del día gané más de lo que esperaba. En otro idioma, uno que se hablaba solo en mi tierra. Tengo una tierra y semillas para sembrar, ojos que miran, un corazón que -algunos días- parece poseedor de la épica y que -otros- es cobarde y se repliega. Tengo miles de preguntas para el amor, y se las hago a quien comparta el corazón conmigo, aunque no exista la respuesta. ¿Es cobarde buscar esas respuestas con la boca y no con todo lo demás que puedo decir, de otras maneras?

El límite está en la voluntad. Aunque se supere la frontera de lo posible. El punto con el amor es ese, que logra lo impensable y termina así, nomás, como empezó, en medio de una revuelta repentina. Cuando se nota lo perdido que queda el objetivo, lo lejos que se estaba de las estrellas, la ganancia está en lo que el corazón perdió y en cómo pudo hacerlo. Sin dudas, con certezas. Por eso que cada uno hace siempre lo mejor que puede. Por eso que el daño no sea culpa de nadie. La cosecha siempre es del que da, en la medida en la que ha entregado amor a cambio de dudas y vacilaciones.

El acto de amor es entregar a pesar del miedo, abrir las puertas de la bodega de cristalería y decir al otro: ¡mira! ¡mira lo que tengo dentro!. Y hacerlo no significa que nada se rompa. Significa que el ser observado, desde dentro, valía cualquier terremoto. Generalmente el elefante sabe comportarse y aprecia los reflejos transparentes, y si algo se rompe, lo importante era, de cualquier manera, lo que estaba mirando ese querido intruso.

Es demasiado dar sólo cuando se da sin amor. Y que caigan maldiciones en el que lo haga, porque hay que saber probar y medir lo que se nos ofrece, hay que ser dignos de los regalos del otro, sin venenos y sin medidas. Cuidémonos de abrir las puertas a pesar de todo. Cuidémonos de ganar, aún perdiendo.

Y así, con las llaves en la mano, evitar la cantaleta de lo que hizo el último visitante. El otro, los otros del pasado que, a fin de cuentas, han reconfigurado lo que queda para ver y lo han reacomodado para ser visto. Por estos u otros ojos. Por cada mano. Cuidémonos de que los demonios puedan también entrar sin causar daños, de reaprender los besos y las bocas, de reconocer otro tacto y saber que estamos en otra estación, con un olor distinto y con otro cuento para contarnos.

Aunque sea solo nuestro cuento que se topa con otro que quiere el mismo final.

Aunque el final sea diferente y la sangre corra, a pesar de las promesas infinitas de la vida que siempre nos cambia el juego.

Hay que jugar ahora y hacerlo con todo.


Hasta los ahogados se ven mejor con algas y estrellas de mar en el pelo... son sabias las profundidades, que dan mucho pero exigen todo ¿Cómo vivir entonces?

Como dijeron el Silvio y otro querido personaje:

a) La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.

Y,

b) El amor es el trayecto (carajo, cada vez le encuentro mas aristas a esta maravillita de frase)

O, ya sabinosos, ...porque el amor, cuando no muere mata, porque amores que matan, nunca mueren.

Ya como postdata, ¡viva yo! que me encuentro con tantas ganas de apostar y perder sonriendo. Aprendí del cataclismo y no me arrepiento de nada. Ni de lo hecho ni de lo que pienso, atesoro más lo que deseo porque hay una fuerza que lo alimenta y sé que es brillante. Porque conseguir mi deseo no depende del amor que otros tengan para darme, sino del que puedo dar, hacia dentro.

Toca la puerta si no hay llaves. Que siempre hay alguien para dar o negar el paso.

Caray ¡qué bien! Y tú, que te peleas con las consecuencias, y tú, que no lo haces: la cosa está en lo que nos dejamos para nosotros, mientras dejamos para los demás.

(De verdad que no estoy en el club de optimismo).

diciembre 05, 2006

Tresnueveveinte palabras


Para decir que este invierno -el primero- no me gusta, 3-9-20 para decir "Sí, está cambiando" y cincuenta para que no importe.


3-9-20 palabras para callarme, hacerte escuchar, entender que lo que pasa nos pasa a todos.

A veces, como hoy, ni una hace falta.

3-9-20 y sigue importando más el otro lado, el que brilla, el que ignora al portador aunque terco se manifieste.


3-9-20

50
20,000 mientras las bocas continúan más bulliciosas en silencio, confiando en los ojos de los otros que no se cansan de mirarnos esa parte que da miedo, que hace reír, la que construye.

3-9-20 para descubrir caminos entre laberintos. Y un silencio para armar rompecabezas que fueron de otros abrazos, que hoy son de las ausencias y que pueden ser todos nuestros.

Nada es tan difícil, opaco ni perdido, todo depende de quién lo mire y cómo. De si eres princesa o venadito. Depende de las alas y los ojos, de saber que lo que puede verse es posible.

noviembre 19, 2006

Muerta de frío digo:

No nos comportemos como si nunca hubiéramos tenido alas, como si no pudiéramos volar, porque sabemos de sobra solo se trata de eso: extenderlas y ¡al aire!

Buscar y mantener amor, belleza y placer

¿Buena receta? No sé

¿Me funciona? Creo que sí.

noviembre 08, 2006

... que lo parió

Si es tan sencillo como esto:

No puedes desear tener las manos frías cuando hace calor, ni tener las manos calientes con el cuerpo frío. ¿Cuál es el maldito punto con las contradicciones? ¿Por qué siempre querer lo que no se puede?

Pues sí (aunque esto amerite un "pos sí"), las cosas no solo son lo que son. Se componen de lo que son y a través de lo que imaginamos de ellas. Desde ahí adquieren la fuerza que tienen en nuestros caminos. Mirando fotos de muertos, por ejemplo, encuentro lo que eran y las imaginaciones que se destruyeron con su partida, que duelen.

Así con todos, de todas las maneras. Es probable que se ame más lo que se imagina, porque parte de una semilla, pero eso no quiere decir que se ame falsamente o imaginando. El problema estriba en la capacidad de contar cuentos, de hacer grande al otro y decir: espero. Y esperando se llega mejor porque siempre existen más futuros, más posibilidades; amo a mis imaginaciones, pues, porque aunque se alejen de mi vida se mantienen abiertas desde que los futuros y las capacidades no dependen de mí. Creo en la felicidad que imagino en los que quiero, y en la que pienso para los demás, los anónimos.

Sé que nos vamos a encontrar, te digo a tí que no se quien eres, porque lo imagino y es posible. Nos veremos pronto.

Chale.

Y, sí. Alguien entendió la película completa y la escribió, un cuento estructurado entre pedazos de historias raras y verdaderas. ¿Por qué no se me ocurrió solo a mí?

Y, más allá de eso ¿Por qué no imagino que la lectura de ese texto cimbre a alguien tanto como a mí?




octubre 31, 2006

Queridos personajes:

Xamirú

No he tenido tanto que decir. Me ha atacado la rutina, y de pronto las sorpresas. Descubro mundos pequeñitos que se me atraviesan. Extraño también mirar lo que escribes, aunque sea la última y no la de ahora. No me abandono, de eso estate seguro, me abandonaré probablemente el día en que responda otro tipo de llamados. Es solo que de pronto me hago más caso que de costumbre, y a lo demás. Descubrí, por ejemplo, que este blog nació de una necesidad que tuve de distraerme en "otras cosas". Y ahora otras cosas no son esto necesariamente, aunque note que me importa que salgan acá letritas y que esto signifique otras, muchas cosas más, muy lejanas de mi objetivo inicial.



Anónimo

Creo que alguno de estos viernes pude escuchar las historias que me ofreces gracias, sí, a la casualidad. Tal vez tenías otros cuentos que no he escuchado y, si ese es el caso, quiero la segunda historia (no entiendo muy bien porqué, si nunca me han gustado los finales y sí los suspensivos). De cualquier manera, creo que hubo más de mí que lo que leíste y más de tí que lo que dijiste. Fue lindo el espacio de la suerte, bonitas las palabras y sí, al otro día, reparé en que habían sido muchos pasos dados hacia otros lados los de la casualidad.


Me gusta la vida cada vez más. Me gusta la gente que está en mi vida y cómo se van transformando las circunstancias, los placeres, los caminos. Quiero no dejar de caminar. Y si eso me aleja de pronto de otros puntos ¡ni hablar! Para lo imprescindible siempre hay oportunidad de volver. Y si no, no era tan importante.